jueves, 27 de abril de 2017

Domingo 30 de abril: III de Pascua (Ciclo A)

LECTURAS


  • Hechos de los Apóstoles 2,14.22-33
  • Sal 15,1-2.5.7-8.9-10.11
  • I Pedro 1,17-21
  •  Lucas 24,13-35
Cuando se comparten las experiencias, cuando nos reunimos y ponemos en común lo que nos traemos entre las manos y en el corazón, cuando vamos de camino porque sabemos que todavía no hemos llegado a la meta y nos queda trecho por recorrer, cuando somos hospitalarios con los otros que también van de camino o aceptamos agradecidos su hospitalidad al brindarnos con ella su amistad y compañía... es entonces cuando nos sale al encuentro el Resucitado y se queda con nosotros en su vida entregada, pan repartido. No se trata solo de la Eucaristía, sino de todo lo que debiéramos llevar a la asamblea de los hermanos y todo lo que de la misa deberíamos llevar a la vida de cada día.



viernes, 21 de abril de 2017

Domingo 23 de abril: II de Pascua


LECTURAS


  • Hechos de los apóstoles 2,42-47
  • Sal 117,2-4.13-15.22-24
  • I Pedro 1,3-9
  • Juan 20,19-31

“No supe sentir e intenté tocar” escribió Leonard Cohen, y algo del resucitado hemos palpado en la belleza de la vida cuando se atreve a darse a los demás, tocamos la carne del resucitado en la superación del egoísmo y en el esfuerzo que todos hacemos por superar nuestros defectos. Y aunque para creer no hace falta ver ni tocar, hemos visto algo de la gloria de Dios en la comunidad cristiana, en sus sacramentos y su oración, en su actitud acogedora y servicial. Y hemos tocado al resucitado en sus llagas abiertas por la pobreza, la violencia y la injusticia. Hemos visto que en su nombre la vida puede ser de otra manera, de otra bendita manera. Hemos tocado que la solidaridad, la compasión y el compromiso hace real esa otra vida. Sí, podemos decir: ¡Aleluya!

sábado, 15 de abril de 2017

Domingo 16 de enero: Pascua de Resurrección

LECTURAS


  • Hechos de los Apóstoles 10,34a.37-43
  • Sal 117,1-2.16ab-17.22-23
  • Colosenses 3,1-4
  • Juan 20,1-9

Sí, hay más mundos, otros mundos donde un hombre en sí es mucho más que nada y aunque nunca lo sabremos de forma demostrable, sí que hemos visto algunos indicios, como los que experimentaron María Magdalena y los discípulos en la mañana de resurrección. También nosotros hemos visto superar un rencor, volver a creer en la vida, amar a tumba abierta, servir sin condiciones... si Jesús camina hacia la cruz por los pasos que ha dado antes, creamos que son esos mismos pasos los que le llevan a la resurrección. Feliz Pascua de Resurrección.

viernes, 7 de abril de 2017

Semana Santa 2017: Horarios


Domingo 9 de abril: Domingo de Ramos y de Pasión

LECTURAS

  • Mt 21,1-11
  • Isaías 50,4-7
  • Sal 21,8-9.17-18a.19-20.23-24
  • Filipenses 2,6-11
  • Pasión de nuestro Señor Jesucristo según San Mateo 26,14–27,66
Como un péndulo que va de un extremo a otro, la liturgia del Domingo de Ramos nos lleva de la euforia con palmas y vítores dedicados a Jesús, que entra triunfal en Jerusalén, al rechazo del justo doliente cuya pasión vemos encarnada en la de Jesús juzgado, condenado, ejecutado. Y en este vaivén de emociones vemos las propias de nuestra vida creyente, entre la devoción ferviente y el renuncio vergonzante. Entre medias las no menos traidoras medianías y ambigüedades. Que el Señor espabile nuestros oídos esta Semana Santa. En su versión de este pasaje contado por los cuatro evangelistas, Mateo coincide con Juan y lo interpreta a la luz de una combinación bíblica de Is 62,11 y Zac 9,9: el que viene montado en un pollino es el rey y eso supone un gozoso anuncio para la hija de Sión, Jerusalén. Juan y Mateo han elegido un tono esperanzador y profético para comprender este hecho con el que principia la semana última de Cristo. Un tono cargado de resonancias históricas, porque Jesús no vive ni realiza su misión suspendido inalterable sobre el tiempo. Es en este Israel de la dominación romana, una más de tantas ocupaciones y vicisitudes políticas que le negaron el derecho a ser libre, cuando Jesús proclama esta profundización novedosa en la comprensión de quién es Dios y de la relación que Él quiere con nosotros. En un momento crucial para la historia de Israel, que aquí desempeña un papel de concreción y anticipación de toda la humanidad, Jesús aún la esperanza en que todo puede ser distinto cuando hundimos nuestras raíces en Dios y nos amamos como hijos suyos. Pero esta esperanza es inseparable del compromiso decidido y arriesgado que la cruz consuma, no de otra manera se hacen realidad las profecías, sino con la participación plena de toda nuestra vida, como la que Cristo pone, tras las gozosas horas de este Domingo triunfal, en la cruz que completa el camino alfombrado hoy con ramos, y sembrado de aparente fracaso subiendo el Calvario. El péndulo no solo va -de Ramos a la Pasión-, sino que debe, por la fuerza de la historia de la salvación, volver de la cruz a la resurrección.

jueves, 30 de marzo de 2017

Domingo 2 de abril: V de Cuaresma (Ciclo A)

LECTURAS

  • Ezequiel 37,12-14
  • Sal 129,1-2.3-4ab.4c-6.7-8
  • Romanos 8,8-11
  • Juan 11,3-7.17.20-27.33b-45
Aquí va a haber vida, pero primero hay también muerte, la de Lázaro y la del propio Jesús. Jesús va de la vida a la muerte, pero por la generosidad de esa marcha hacia la consumación de su entrega, puede conseguir que Lázaro vaya de la muerte a la vida. En el quicio de esas dos trayectorias está la resurrección. Pero si la muerte de Jesús es inexplicable sin su modo de vida, igualmente su resurrección es increíble si no se comparte el para qué ha vivido Jesús, el por qué de sus pasos hasta la cruz, que son los mismos que le conducen de la tumba a la plenitud de vida que solo Dios puede dar, incluso después de la muerte. En el recorrido cuaresmal, este evangelio, además de anticipar la pasión de Cristo, tiene un sentido bautismal. La muerte de Lázaro, que no es definitiva sino camino hacia la vida que ya no muere, es la que el Cristianismo cree que se experimenta en el Bautismo. Al incorporarnos sacramentalmente a Cristo y su Iglesia, los bautizados son invitados y capacitados para morir a todo lo que mata la vida del Espíritu y renacer con el Resucitado a la vida que crece cuando se da, cuando es acogedora con el pobre y el necesitado, vida que madura hacia dentro por la oración y la contemplación, y da frutos en el tiempo y con los hermanos que lo habitan. Lázaro eres tú y soy yo, pero solo Cristo nos hace pasar de la muerte a la vida como Él fue capaz de pasar de la vida hacia la muerte como umbral de su resurrección.

viernes, 24 de marzo de 2017

Domingo 26 de marzo: IV de Cuaresma (Ciclo A)

LECTURAS


  • I Samuel 16,1b.6-7.10-13a
  • Sal 22,1-3a.3b-4.5.6
  • Efesios 5,8-14
  • Juan 9,1.6-9.13-17.34-38

Laboriosa construcción la que hace Juan con este milagro. Al final, la curación se pierde en los recovecos de la narración para poner en primer lugar ese otro milagro, no menor que recuperar la vista, y que es la fe, el fruto logrado de ese itinerario que hemos visto en el diálogo con la samaritana, del domingo anterior. Creer en Cristo y como cree Cristo. Creer en la paternidad de Dios, que no castiga con enfermedades nuestros pecados ni ata la moral a maldiciones funestas. Creer como Cristo, llevando a cabo esa personal e intransferible peregrinación de madurez humana y filial confianza en el Padre. Y para creer, como para aprender hay que desaprender, es preciso despojarse de falsos modelos de fe que hacían de la religión un trueque interesado con Dios: fe a cambio de un salvoconducto que nos libre de las calamidades. Jesús es destinatario de la fe que reclama al ciego curado, porque él también ha visto (recordemos su aprendizaje entre el desierto y la transfiguración) para pasar de ser el que escucha la palabra al que la hace visible con su propia fidelidad y coherencia. «¿También nosotros estamos ciegos?» Eso le preguntaron los paisanos reticentes a contemplar el paso de Dios en la misericordia y la compasión que irradiaba Jesús. No ver el bien que pasa por nuestra parte, no agradecer los testimonios que nos dan nuestros hermanos, no buscar la luz que desprende el encuentro con Cristo, son otras formas de ceguera. Para ver, hay que mirar.

viernes, 17 de marzo de 2017

Domingo 19 de marzo: III de Cuaresma (Ciclo A). San José. Día del Seminario

LECTURAS

  •  Éxodo (17,3-7
  • Sal 94,1-2.6-7.8-9
  •  Romanos 5,1-2.5-8
  • Juan 4,5-42
Aquí está, un gigante de los textos evangélicos: la samaritana. Con sus referencias a la sed insaciable, la vida insatisfecha y el don de Dios que es el único que puede saciarnos y satisfacernos. Una invitación a la gratitud por lo gratuito y al cultivo de lo que somos, para que también sirva de alivio a los que nos necesiten. Profundidad que refresca, fortaleza que consuela, confianza que restaura. Agua que somos, vida en comunicación. Hemos saltado de Mateo a Juan para que los evangelios de Cuaresma puedan cumplir su cometido de partitura de la iniciación cristiana. Y con Juan seguiremos el resto de los domingos de Cuaresma. Tras los escenarios del propio itinerario de Jesús (desierto y transfiguración, palabra y cumplimiento) Juan nos ayuda a comprender los pasos que debe dar todo cristiano en su propio itinerario de conversión y fidelidad: escucha y transformación, como la mujer de Samaria; iluminación y comprensión de nuestro propio destino como el ciego de nacimiento; y vida nueva como la del resucitado Lázaro que deja atrás lo que mata y lo que fenece. Con la samaritana, el camino de la iniciación cristiana, precedido por los pasos del propio Jesús para aceptar y ver cumplida su misión, se interna por los laberintos personales del autoconocimiento («me ha dicho todo lo que he hecho») el descubrimiento de la verdad del espíritu que gime por ser escuchado en nuestro interior («si conocieras el don de Dios») y la promesa esperanzadora de crecer y dar frutos («un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna»). Esos hitos sucesivos constituyen el fin de toda la enseñanza de Jesús y, por tanto, el quid del Cristianismo: el culto en espíritu y verdad, la religión de una espiritualidad que sume crecimiento personal y comunión vital con Dios.

viernes, 10 de marzo de 2017

Domingo 12 de marzo II de Cuaresma (Ciclo A)


LECTURAS

  • Génesis 12,1-4a
  • Sal 32,4-5.18-19.20.22
  • II Timoteo 1,8b-10
  • Mateo 17,1-9
Del desierto, donde Cristo decanta su sí al Padre, al Tabor en el que se transfigura, Jesús ha ido confirmando aquél sí con su plena dedicación al anuncio del Evangelio, con palabras y obras de misericordia. Los discípulos no se habían dado cuenta, pero cuando estaba rodeado por la multitud, cuando tocaba al leproso y hablaba con el marginado, sus vestiduras, su carne, su vida entera resplandecían ya, pues revelaba al Padre. Del Tabor al Gólgota, los discípulos tendrán que aprender a ver cómo la vida entregada de su Maestro transfigura el amor incondicional de Dios. La Transfiguración aparece en los tres evangelios sinópticos, aunque también la podemos intuir en Juan (1,14; 12,28), pero muy modificada al estilo teológico y con el interés catequético del evangelista de la palabra hecha carne y glorificada en la cruz. Mateo sigue punto por punto a Marcos. Solo añade la consideración de la reverencia y temor que produce en los discípulos: «cayeron de bruces, llenos de espanto». Así como la alentadora respuesta de Jesús: «no temáis» Es como si el Jesús de Mateo correspondiera al sentimiento sobrecogedor que producía el Dios de la antigua alianza (Moisés y Elías) con la actitud de confianza propia del hijo, conforme a la revelación que el propio Jesús predica de Dios como Padre. Así, la Transfiguración mateana enlaza este episodio epifánico con su línea de mostrar a Jesús como cumplimiento de las palabras que se recogen en la Palabra de Dios: el cumplimiento de las Escrituras. Ese «no temáis» y la presencia ya solo de Jesús, y «nadie más», bien pudiera indicar la convicción que Mateo quiere transmitirnos de que Jesús es suficiente, con sus palabras y su vida, para entender a Dios y recobrar la confianza en Él, propia de hijos. En otros pasajes, el mismo Mateo se encargará de explicitar que no hemos de tirar por la borda la antigua alianza, pero hemos de verla en plenitud en el Hijo del Hombre resucitado. Por eso mismo, merece la pena, hasta que llegue su resurrección, y tras este paréntesis de gloria, de ver en toda su humanidad las peripecias del predicador y sanador de Nazaret, aun cuando sepamos, como Pedro, Juan y Santiago, que en Él se complace el Padre de los siglos.